Evolución holográfica, hacia una nueva comprensión del ciudadano global

El físico David Bohm y el neurocirujano Karl Pribram basaron muchas de sus teorías en la idea del holograma. El holograma es un dispositivo especial de almacenamiento óptico que funciona de la siguiente forma: tomemos, por ejemplo, un cabello al que le hemos hecho una fotografía, y a continuación cortamos un trozo de ésta, pongamos el caso, de la cabeza. A continuación ampliamos ese trozo y sorprendentemente lo que observamos no es una gran cabeza sino la imagen del pelo completo. Cada parte individual de la foto contiene de forma condensada toda la imagen. La unidad en la multiplicidad de Teilhard de Chardin. El océano está en la gota, en la gota está representado todo el océano. El todo está en la parte, la parte está en el todo. Y ese es precisamente el punto crucial; la parte tiene acceso al todo.

Siguiendo la teoría de que el todo está en la parte y la parte está en el todo, razonaré mis ideas acerca de un verdadero nivel de comprensión hacia aquellos que vienen de otras partes del planeta.

Siempre he tenido la intuición de que esas supuestas diferencias en realidad no lo eran tanto, y que por encima de ideas, fronteras, dioses, etc, había algo que nos unía más allá de todo ello. Y ese todo no era otra cosa que pertenecer a la misma raza: la raza humana. Después, y a través de indagaciones en antropología, sociología, psicología evolutiva, filosofía perenne y otras ramas de estudio me di cuenta que la ciencia tenía mucho que decir a este respecto y que sólo el abrazo integral y una idea más comprehensiva e inclusiva podría apartarnos de la terrible ignorancia que tenemos unas culturas de las otras. Y a partir de ahí encontrar nuevas vías y herramientas que nos permitan alcanzar un verdadero entendimiento.

Cuando un joven tibetano llega a la península ibérica lo hace en su totalidad, es decir, no sólo llega el cuerpo físico, reseteado y formateado listo para adquirir la cultura y el conocimiento de la región que le da la bienvenida. No, por supuesto que no; nuestro querido viajero trae consigo toda la evolución de millones de años que le han llevado a él y a su pueblo, etnia o nación a ser como es. Arrastra consigo toda la complejidad y totalidad de su lugar de origen. Y eso es algo que no se puede cambiar en dos días. No entender semejante proceso nos llevará y nos está llevando a no ser capaces de convivir en paz, libertad y armonía.

Por ejemplo, algo tan simple como llegar al concepto de laicidad nos ha costado a las naciones más desarrolladas miles de años de evolución. En todo ese largo periplo de aprendizaje, hemos asistido, por supuesto, a no pocas guerras, crueldades e intolerancias interculturales y religiosas, Para al final y muy a regañadientes, acabar aprendiendo y aceptándolo, aunque no de forma total, debido a diferencias de matices. Pero la gran parte de la población mundial todavía está enfrascada en ese proceso evolutivo y cualquier intento que ignore esta realidad estará incurriendo en un muy peligroso error. Debemos de ayudarles desde la comprensión y el actual estado evolutivo en el que se encuentran. Necesitan soluciones a su medida partiendo de lo que nosotros ya sabemos y hemos recorrido.

Es muy importante entender que ese proceso evolutivo no es el mismo en todas las partes del mundo (leer el estudio mejorado de la Spiral Dynamics de Don Beck y Christopher Cowan) es más, dentro de la misma nación los procesos evolutivos son asimétricos, algo que nos impide entre otras cosas entendernos entre los mismos compatriotas. Imaginaros entre continentes.

Así que nuestro joven tibetano llega a nuestro bendito occidente con unas gafas; una visión, una forma de entender el mundo, que aunque nos ame y tenga muchas ganas de aprender, no comprenderá por mucho que se lo proponga. Y algo tan simple, a primera vista, como la forma de vestir, que nosotros catalogamos de tradicional, para ellos es su cotidianeidad, algo que posiblemente han hecho durante cientos de años. Porque para ellos, nuestros tejanos, camisas y deportivas son también nuestra vestimenta tradicional. Porque el debate sobre eso es realmente absurdo. Pero por lo que parece y se está viendo; absurdo, pero muy necesario. Y cuando alguien le prohíba vestir como tan naturalmente lo ha hecho siempre, se sentirá como poco sorprendido y ultrajado.

Y ese es realmente el verdadero respeto. Y no el de querer imponer una concepción del mundo que otros por más que quieran no van a entender entre otras cosas porque su devenir evolutivo todavía no ha llegado a ello. Y no hablo, como algunos señalarán, de la ablación del clítoris o de hacer la guerra santa contra los impuros. Algo que por supuesto no podemos tolerar, pero que con una verdadera comprensión del problema sí podemos mejorar. Y no quedarnos con la simple imposición y reconocimiento delictivo de dicha tradición. Por lo que una vez más las soluciones deben ser técnicas, serias, científicas y no políticas ni demagógicas.

Diversos estudios, y muy serios, por cierto, han encontrado, al igual que las diferentes inteligencias múltiples de Howard Gardner; una inteligencia espiritual. Y a partir de esta idea (sin llegar a profundizar) se ha llegado a la conclusión de que todos tenemos algún tipo de religión. Y dependiendo en qué nivel evolutivo nos encontremos, podemos ver a Dios como un señor barbudo, una figura mítica que nos han contado; o podemos ver a dios en todos los animales y seres vivos del planeta, la religión de Gaia; o podemos ser de la “religión” de Spock; logocéntrica y basada en el pensamiento científico y racional, tan fundamentalista como puede ser cualquier otra; o como dice James Fowler, y ése es el camino, podemos llegar a un estadio máximo que denomina Fe universal: En la que las paradojas (contradicciones entre diferentes creencias y religiones) son vencidas; la persona es gobernada por el amor absoluto y la justicia absoluta. El progreso por estas etapas se logra por medio de la reflexión crítica, y el diálogo con personas de otras creencias.

Es decir, tenemos que ser capaces de mirarnos a los ojos y dialogar. La laicidad, por ejemplo, es un paso, que de momento, y mientras no seamos capaces de respetarnos, puede ser útil. Pero ha de ser algo transitorio; si nos quedamos ahí seguiremos escondiendo nuestras interioridades debajo de la alfombra, en la que cada concepción del mundo, oculta en su propia madriguera seguirá cerrada al mundo, alienada, haciéndose cada vez más intolerante y fuerte en sus ideas. Algo peligroso y que da totalmente la espalda a una verdadera unidad en la diversidad.

El amor es una cuestión de grado y éste evoluciona a través de un proceso de superación y desidentificación del ego, que va integrando y abrazando cada vez a un mayor número de realidades. Primero uno se ama a sí mismo (egocéntrico), luego va alcanzando ese amor a sus seres queridos, etnia, clan, nación (etnocéntrico, sociocéntrico) hasta llegar (y de momento nos quedamos ahí) a todo el mundo (mundicéntrico). Esto mismo lo podemos aplicar a la moral, la compasión, el respeto, las necesidades…etc. Por lo tanto todos nuestros esfuerzos deben ir en esa línea. En la que transcendemos e incluimos. Amamos a todo el mundo pero seguimos amándonos a nosotros mismos. Porque la máxima expresión de “mí mismo” es la de “todos nosotros”.

Einstein decía: reduce todo lo que puedas, pero no más; y siguiendo esa idea quiero poner un ejemplo: Imaginemos que el mundo es un pequeño planeta, al estilo del Principito, en el que la totalidad de la humanidad son cuatro personas, y para colmo de la misma familia, por lo que debido a ello están obligados a vivir todos juntos. Pero hay un problema: cada uno, por una extraña razón, cree en un dios diferente, una pequeña broma del creador. Simultáneamente, en un universo “paralelo”, tenemos el mismo planeta con las mismas condiciones. Pero hay algo que los hace diferentes. En el primero deciden que cada uno debe de mantener en la más estricta intimidad, algo difícil por las reducidas medidas del planeta, sus creencias religiosas. Por el contrario, en el segundo deciden mostrarse tal como son y compartir esas creencias con total normalidad. Algo que les lleva a la total comprensión y empatía de los unos con los otros. Muy al contrario de lo que sucede en el primer planeta, donde hay algo latente que les sigue separando, está ahí, aunque ellos decidieron que fuera de esa manera. Cada día las diferencias religiosas son mayores, la falta de comprensión los unos con los otros va caldeando el ambiente. La merma de diálogo les hace recelar. Al no conocerse, por haber relegado una parte vital de su existencia a las cavernas internas de lo íntimo, no saben como piensa el otro, y ese desconocimiento les hace miedosos y vulnerables. Sólo hace falta una pequeña chispa y la confrontación aparecerá con fuerza y violencia. ¿No creen qué es estúpido?

Y como en ese diminuto planeta del ejemplo, nuestra amada Tierra también se está quedando pequeña, muy pequeña y global. Así que tendremos que empezar a mirarnos a los ojos a nos ser que queramos volver a la tribu y a la lucha de clanes.

Ahora nuestro joven tibetano, vaga feliz por esta tierra desconocida, pero a diferencia de lo que creía, y muy gratamente; estos extraños españoles le tratan y le quieren como a uno más de sus ciudadanos. Aprende que el respeto y no la imposición, que suele estar fundamentada por la ignorancia, es la base necesaria para el entendimiento. Y cuando vuelva a su patria, feliz, lleno de júbilo, explicará y compartirá con todo lujo de detalles, tan bellas lecciones. Y muy posiblemente esa brisa de respeto se propague por todo el planeta, susurrando al oído de otras realidades que ese es el camino, y que muy lejos, en otros lugares, hay una esencia, un todo que nos une. En la que en cualquier parte, por muy lejos que uno esté, pueda encontrar el Todo. Pueda encontrar su hogar.

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Le llaman laicidad cuando quieren decir masa

El primer paso para limar nuestras diferencias es enfrentarnos a ellas.

Por lo que leo, escucho y veo, interpreto que la laicidad no es más que la homogeneización de la sociedad. El ocultamiento de mi identidad porque le puede ofender a alguien.

O sea, que con esa actitud les estamos diciendo a nuestros niños-masa que la diferencia es mala y por lo tanto debemos de ocultarla. La reprimimos, la escondemos en las cloacas de la sociedad-sistema y por lo tanto aumentamos nuestra sombra. Algo que nos hace todavía más insolidarios si cabe. Porque el problema sigue ahí, en nuestro interior individual y colectivo, y tarde o temprano saldrá a la luz con fuerza y violencia reprimida.

Queremos una sociedad tolerante y moralmente avanzada y estamos haciendo todo lo contrario. Seremos todos tan iguales y homogéneos que no habrá nada por lo que ser tolerante. Vamos, que queremos llegar a la meta sin zapatillas deportivas y sin tener que pisar el asfalto.

Es una buena medicina: matamos al paciente y así seguro que desaparece la enfermedad.

Ya decía el sabio Krishnamurti que “no es síntoma de buena salud estar bien adaptado a una sociedad enferma”.