Libertad de expresión y no morir en el intento.

Sé desconfiado y astuto, no bajes la guardia, no te creas el cuento democrático de que la libertad de impresión es líbertad de expresión. Consejo éste dirigido, en línea recta, a los escritores, a los filósofos, a los periodistas, a los políticos (víctimas por una vez de sus propias trapisondas: el que a hierro hiere…) y, en general, a cuantos tienen que -o se atreven a- emitir opiniones en público. Sócrates cayó en esa trampa. Lo es: la censura a posteriori -en ella andamos, atizada por el cainismo y canibalismo de las ideologías, por la permanente demagogia de la desleal oposición (cualquiera que sea su color), por el servilismo y santurronería de los chicos de la prensa (esos chivatos), por la peste de la corrección política y, en España, por la práctica violenta del deporte de la envidia- resulta infinitamente peor que la tradicional censura a priori. Es más artera, más fullera y más dañina. Punto en boca. Sólo hablaré delante de mi abogado. Decir lo que pienso -ser más explícito- me traería problemas. De los escarmentados… No me gustan las infusiones de cicuta.

Extracto del  libro: El sendero de la mano izquierda. Fernando Sánchez Dragó. Ed Martínez Roca.

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